Las instituciones nos agreden

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Los pasados 8, 9 y 10 de Noviembre dio lugar el XIV Foro contra las violencias de género organizado por la plataforma unitaria contra la violencia de género (Prou agressions). Bajo el lema “hagamos caer al patriarcado” este año el tema principal de debate han sido la violencias llevadas a cabo desde las instituciones.

Ya solo con la presentación del programa de actividades se nos ponía la piel de gallina:  “El cambio debe enterrar la doble moral que considera a las mujeres ciudadanas de segundo orden; La libertad de las mujeres implica un cambio en los derechos y la realidad de las personas. Nos proponemos debatir cómo hacer frente a la violencia institucional desde una mirada interseccional, ya que es una violencia cruzada con las opresiones de raza, clase, género, capacitismo y orientación sexual.

En esta edición, las organizadoras nos ofrecieron la maravillosa oportunidad de poder participar en los grupos de trabajo del jueves, repensando y debatiendo estrategias de resistencia para combatir la violencia institucional en el ámbito sanitario. La experiencia fue enriquecedora, un gran círculo de debate compuesto por diferentes profesionales en ámbitos muy diversos, participantes con experiencias personales desgarradoras, aportes de recursos, ideas, pensamientos y reflexiones desde perspectivas de minorías oprimidas que nos permitieron profundizar y sensibilizarnos sobre diferentes violencias, tan sutiles a veces, que nos toca vivir en nuestro día a día simplemente por la condición de ser leídas como mujeres.

¿Y por qué es importante hablar sobre esto? Las cifras asustan: según un informe de FEDEAFES un 75% de las mujeres con problemas de salud mental han sufrido violencia en el ámbito familiar o en su pareja en algún momento de su vida. Porcentajes entre 2 y 4 veces mayor que el resto de las mujeres.

Ilustración de Andrea Ruiz (@drea.ruiz)

Este pasado domingo 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, llenamos las calles para reivindicar y protestar contra la violencia de género que nos toca sufrir, por todos esos feminicidios cometidos y justificados por un sistema patriarcal, 92 hasta la fecha en España según estudios

Y es que en cuestión de violencia, como dice Pamela Palenciano, no solo duelen los golpes. Cuando hablamos de violencia  tenemos muy claras ciertas cosas, las consecuencias de dolencias físicas son evidentes y difíciles de esconder, también es considerado políticamente incorrecto decir algo como “Si no es para tanto”, “va, anímate que eso se pasa”, “son tonterías lo que cuentas”. Entonces ¿por qué nos dirigimos así a una persona que psicológicamente está desvastada por una experiencia?.

A esto nos referimos cuando hablamos sobre violencia institucional en el ámbito de la salud mental.

 


Como comentaba Carla Vall i Duran, abogada penalista experta en abordaje y prevención de violencias de género La violencia institucional es un adoctrinamiento en clave de género.“. Es esa violencia producida y/o sostenida por un estado responsable, tanto por acción o por omisión de comportamientos para el bienestar de un sector de la población: las personas leídas como mujeres. Todo esto alimentado por un sistema discrimatorio: estructuras jurídicas y sanitarias androcéntricas, llenas de estereotipos, y con una atención insuficiente a las necesidades y situaciones de las mujeres. 

Si una mujer decide denunciar, entra en un circuito donde deberá vérselas, una y otra vez con un sistema que la pondrá en duda, le agrederá, despreciará y culpabilizará continuamente, desde el policía con mitos misóginos al que acude para denunciar por primera vez, pasando por un país mediatizado que estigmatiza y revictimiza mediante el morbo de la noticia, llegando hasta el juez que sentenciará atenuantes absurdos a los agresores en base a estigmas y prejuicios.

Todo lo que no ha conseguido el agresor lo termina consiguiendo el sistema. Uno de los grandes impactos, a parte de la vivencia, es que existe cierto permiso social para que exista este tipo de conductas.


La violencia y la salud mental

En una investigación en la Comunidad de Madrid, se pone de manifiesto que el 95% de las mujeres no han sido nunca preguntadas en el ámbito sanitario cómo es la relación con su pareja u otras cuestiones que permitan indagar en la existencia de violencia en sus vidas.

La falta de recursos está constituyendo la base desde donde se ejercen violencias, maltratos y negligencias.

Muchos problemas de la vida y dificultades han sido patologizados, provocando un estigma bajo una etiqueta diagnóstica, que produce ciertas subjetividades a la hora de interpretar la realidad de la persona que está sufriendo. Al aplicarles estos modelos patologizadores, aquellos comportamientos experimentan un cambio en su categorización social y conceptual, son recategorizados como una enfermedad o la manifestación sintomática de una enfermedad.

Con una etiqueta diagnóstica se pasa de un problema social en una estructura de poder del sistema patriarcal, a un problema individual, de una patología concreta por unas características de una persona “que no sabe gestionarse la vida”, recayendo exclusivamente en ésta la responsabilidad de su proceso. Esta es la base de la invalidación y provoca una invisibilización de la problemática social existente.

Un ejemplo de esto lo podemos encontrar en el sobrediagnóstico de ciertos trastornos en las mujeres: la histeria femenina en la época de Freud es rebautizada como Trastorno límite de la personalidad hoy en día, asignando como anormales manifestaciones que pueden entenderse como reacciones coherentes de respuestas a un contexto personal y social concreto, muchas veces de abuso y violencia. El sociólogo Wirth-Cauchon, lo explicó muy bien cuando decía que el diagnóstico borderline se trata de la medicalización de los sentimientos y conductas autoagresivas de las mujeres en respuesta a las contradicciones de género y violencia de la sociedad moderna actual

La cifra que sustenta esta reflexión es que según el manual diagnóstico estadístico de trastornos mentales (DSM-IV-TR):

el 75% de las personas con personalidad límite son mujeres

Resulta que un estudio realizado en Noruega por Torgensen y cols. en 2001 no halló diferencias significativas de género en este trastorno. Entonces, ¿a qué se debe esa diferenciar en el diagnóstico?

Este sesgo de género a la hora de diagnosticar plantea la pregunta de cómo la cultura afecta la condición, manifestación y lectura de la salud mental. Todo diagnóstico mental se sustenta en la persona observadora, que aunque se respalde de pruebas y criterios estandarizados, se trata de su opinión final como profesional la que acaba definiendo un diagnóstico. Es por ello que su subjetividad, formación, cultura, creencias, conocimientos, etc es clave a la hora de dar emitir ese juicio, que sentenciará el resto de la vida de la persona señalada.

Fotografía de Francesca Woodman

La psiquiatra Kaplan fue la primera en plantear el problema del sesgo de género en los diagnósticos psiquiátricos del DSM. Ella postuló que los expertos del grupo de trabajo del DSM-III (en su mayoría hombres) utilizaron características masculinas como patrón de salud y de enfermedad, de tal manera que las mujeres que cumplían estereotipos específicos quedaban claramente del lado de la patología. Carol Gilligan, psicóloga feminista y filósofa lo corrobora defendiendo que “las teorías y descripciones de la conducta presentan sesgos en donde el funcionamiento masculino tiende a evaluarse como normal o maduro y el patrón femenino como inmaduro

Mari Jose Cano, gerente de FEDEAFES, comenta la importancia de otorgar credibilidad a las mujeres afectadas, ya que en muchos casos su testimonio es rechazado por los profesionales que les atienden por considerar que el problema de salud mental les lleva a episodios de delirios. Son leídas como enfermas mentales antes de ser vistas como personas que sufren violencia, cuestionada sistemáticamente su condición de víctimas bajo argumentos tales como que su relato no es veraz debido a la descompensación psicopatológica, o que son episodios que provocan ellas con su comportamiento.

Los recursos en el sistema de salud mental en España son muy escasos, las respuestas que se dan son mediante la etiqueta y la farmacología para resolver la problemática y el malestar. Tal es el punto que en los casos en los que se derivan a instituciones específicas y especializadas en violencia de género, es necesario pasar antes por profesional médico que evaluará, reducirá a una patología y medicalizará para poder derivar.


El sistema es violento hacia nosotras.

La violencia institucional nos daña, primero permitiendo socialmente comportamientos agresivos hacia un género y minorías en concreto, pasando por la negación y el ninguneo de los relatos de las personas que sufren y denuncia. En el momento en el que esos relatos permean y llegan a algún lugar, se invisibiliza la experiencia, distorsionando las realidades con técnicas de dominación, que nos hacen ponernos en duda, culpabilizarnos y revictimizarnos. Ante esta victimización secundaria las únicas respuestas que son capaces de darnos en el sistema de salud es mediante la medicalización, y entrar en un circuito eterno que nos cronifica, estigmatiza y gasta todas nuestras energías.

La misoginia, la falta de formación en perspectiva de género, y los pocos recursos destinados a desestructurar todas las creencias patriarcales, hace que no veamos la realidad de la violencia, lo que lleva a una invisibilización del daño causado y una negación del sufrimiento existente. Hay que informarnos, formarnos, plantearnos, cuestionarnos, seguir este proceso de deconstrucción para construir realidades que nos hagan bien, no que nos destruyan en el proceso de intentar hacer valer nuestros derechos.

Pero toda información no es suficiente si no hay un cambio estructural detrás, y no es suficiente si solo lo hacemos las mujeres.

Ilustración de SANÄA (@sanaak)

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