La diferencia es nuestra normalidad

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Cada vez más estamos moviendo nuevos conceptos que están visibilizando realidades que hasta ahora permanecían en la sombra y estaban estigmatizadas bajo el yugo de la “normalidad”. Salirse de este sitio, de lo que impone el constructo social como “lo normal”, produce muchísimo malestar provocada por todo un sistema de opresiones diversas, por lo que este cambio de rumbo es muy necesario para ir erradicando el estigma social delante personas no normativas.

 

¿Por qué la no-normatividad duele tanto?

En la adolescencia la necesidad de pertenecer al grupo de iguales es mayor que cualquier otra, siendo en esta etapa y a través de este grupo social el que termina de poner las bases para nuestra identidad, ya que se convierten en nuestro referente y determina la visión de nosotres mismes. Es en estos momentos en dónde vernos diferente, o no cumplir con la normatividad existente (cánones de belleza corporales, por ejemplo) afecta directamente en la visión del mí misme como adecuade o no adecuade, valide o no valide, formando una identidad determinada. Muchas veces, en estas situaciones se puede sumar la falta de apoyo interpersonal/social/familiar que agrava la herida, aislándonos y doliéndonos en soledad. Esto dificulta mucho potenciar y cultivar la llamada autoestima, ya que el referente del cual esperamos ese cuidado o aportación, no lo hace.

En estas etapas les adolescentes están en ciertas situaciones de riesgo psicológico ya que se pueden llegar a herir hasta la manifestación de síntomas, como pueden ser cuadros depresivos, ansiosos, desordenes emocionales, problemas con la alimentación, abuso de sustancias, fobia social, incluso llegando a extremos de autolesiones y/o el suicidio.

Por mucho que a nosotras nos desagrade, es muy habitual que ser diferente conlleve un rechazo social, tanto de la sociedad como de vínculos significativos. Esta vivencia nos manda un mensaje parecido al siguiente: “no eres digne/válide/querible/adecuade”, “eres un bicho raro”. Y no solo nos mandan este mensaje, sino que resulta que nos encontramos, cada vez más, con situaciones de acoso escolar: el bullying.

En una investigación llevada a cabo en la Comunidad Valenciana se concluyó que las personas que viven estas situaciones presentaban una autopercepción más negativa en el contexto social. Además, “Las víctimas son percibidas por sus compañeros como personas tristes, inseguras y tímidas que tienen pocos o ningún amigo (Díaz-Aguado, 2002; Trianes, 2000). Los resultados obtenidos en la presente investigación sugieren que esa imagen de las víctimas como personas tristes, deprimidas y solas es, de hecho, compartida por las propias víctimas.” Como nota curiosa, hay que decir que también se vio cómo los agresores presentaban una autopercepción social más elevada, mientras que en el ámbito académico y familiar resultaba al revés: se veían más negativamente. 

Estas vivencias de rechazo constantes llegan a ser interiorizadas, de manera que pasamos a rechazarnos partes propias que no son socialmente aceptadas y que incluso nos pueden llevar a esas situaciones de acoso; nos esforzamos muchísimo en fingir ser lo que es aceptable, estamos hipervigilantes en ser aquello que debemos ser y ocultando partes rechazadas socialmente.  Es decir, nos anulamos para poder vivir la aceptación y la pertenencia. Y sabéis, con el tiempo, el esfuerzo y el empeño por ser otra persona acabamos por no saber quiénes somos. Lo paradójico es que conseguimos una ilusión de pertenencia y aceptación no siendo nosotres mismes, sino encajando en el “traje” que la sociedad nos obliga a ponernos. Lo que encaja y pertenece no somos nosotres; es nuestra máscara, ¿Es esa la aceptación?

Si pudieses darle un mensaje a tu yo adolescente buscando su identidad… ¿Qué le dirías?

¡Pero no todo es tragedia! Algunas de estas personas que no encajan en lo que llamamos “lo normal” se rebelan ante la normatividad y abanderan su idiosincrasia en una acto de amor propio digno de admirar, se reapropian de las palabras y las etiquetas estigmatizantes como acto político y reivindicativo.

Esto no les quita el dolor sufrido y seguramente se han trabajado muchísimo el cómo habitan esa etiqueta de ser las “raras” para llegar a vivir en cierta paz con su forma de ser. Hace poco salió un estupendo monólogo llamado Nanette, potente y desgarrador, que nos habla en esta línea; como no quiero hacer spoilers, sólo diré que si aún no lo has visto, te lo recomendamos muchísimo. 

En Indágora vemos vivencias de rechazo y sus consecuencias emocionales cada día y nos parece tremendamente injusto el sufrimiento que se padece, ya que podría ser evitable con una sociedad educada en las diferencias. Son las personas “normativas” las que ejercen rechazo y creemos que ya va siendo hora que sea desde ese lugar desde dónde empiecen a cambiar cosas. 

En un mundo idílico no haría falta trabajarse la autoaceptación, sino que todes tendríamos interiorizada la existencia de la diversidad, el derecho a ser como somos y no mostraríamos rechazo ante lo diferente.

Aceptar la diversidad es fundamental para evitar situaciones potencialmente traumáticas que vivimos al ser rechazades o agredides. Y para ello, hace falta primero deternos en el concepto de normalidad.

 

¿A qué nos referimos cuando hablamos de “lo normal”?

Vamos a pararnos un momento en este término que tanto usamos, ya que lo solemos usar como sinónimo de normatividad, y ahí nos equivocamos bastante.

El signficado de normal apela a aquello que es natural, algo que se espera que sea de forma espontánea, sin esfuerzo. Entonces, lo normal es aquello que me nace, sea lo que sea. Ahora bien, si ahondamos en su uso social vemos que realmente lo utilizamos como “en qué medida se ajusta a lo esperable, a lo establecido, a la media”. Es decir, aquello “normal” es lo que se espera que se haga o se sea, porque es lo que más se reproduce en ámbitos públicos, y todo lo que se sale de eso es leído como una desviación. Lo vemos clarísimo si recordamos como años atrás, en nuestro país lo esperable y normal era ser heterosexual, mientras que ser homosexual era ser un “desviado” y un “invertido”. Además, la divulgación de cualquier orientación del deseo diferente a la heteronormativa estaba censurada y penada; otra cosa era lo que pasaba en lo privado, cuando se aseguraban que nadie miraba…

Estamos usando el término normal cuando realmente queremos decir “lo normativo”, ya que tiene más que ver con la norma, (lo establecido), que con aquello que nace espontáneamente de une misme. Es por ello que deberíamos empezar a usar el término normatividad para visibilizar este mecanismo que juzga si una conducta es ajustada o no a la norma establecida que se aplica en ese caso.

Porque aquello normal es aquello que nos nace de forma espontánea sin restricciones sociales las cuales provienen de la normatividad que nos imponen desde afuera por una sociedad, cultura y roles. Esto ocurre ya incluso desde el vientre materno, lo que comentan las feministas como el diagnóstico de género es en si mismo binario y normativo: si tiene vulva es niña; si tiene pene es niño, lo normativo. 

Usamos normalidad y normatividad como sinónimos y ahí estamos invisibilizando este mecanismo que normaliza conductas normativas y estigmatiza aquello que se sale de la norma.

Esto no quiere decir que todo lo que nos salga de forma natural esté bien per se, ya que entonces se podría dar paso a actos que atemptan contra la dignidad o integridad de otra persona, ¡no nos confudamos!

La diversidad nos caracteriza, somos personas diferentes, únicas, mezcla de características, experiencias, habilidades, actitudes y formas que en su conjunto nos crean y nos definen, nos dan entidad identitaria. La diferencia es nuestra normalidad. Empezar a ver la realidad desde este prisma va a permitir dejar de dañar tanto a otras personas por ser como son y, cómo dijo Fina Birulés en un debate reciente:

Nuestra capacidad de resignificar las normas heredadas nos hace engrandecer este marco normativo hacia uno más inclusivo, igualmente normalizador, pero más amplio.”

 

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