¿Qué es la psicoterapia feminista?

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Este artículo está escrito a seis manos entre Silvia Montero, Nuria Arrebola y Beatriz Cerezo

Es innegable que los feminismos están llegando cada vez a más ámbitos profesionales, abriendo vías de investigación y exploración hasta ahora nunca transitadas. Gracias a estos avances nos encontramos ante más estudios que aportan, amplían y nutren nuestro conocimiento sobre el mundo que nos rodea. Podemos decir que la perspectiva de género va ocupando más espacios académicos, desde donde se estudia, se analiza y se investiga teniendo en cuenta las diferencias, influencias y los ejes de poder existentes. 

Recientemente se está introduciendo en la práctica clínica de forma más generalizada y con consciencia de ello, atravesando las murallas de lo académico y teórico hacia el espacio psicoterapéutico, en dónde se pone en práctica lo investigado. Seguramente muches profesionales trabajan ya bajo este enfoque desde sus propias vivencias, impresiones y activismos, aunque no se auto-proclamen feministas. 

Es curioso descubrir como en Psicología ya existen estudios e investigaciones sólidas en base al género, sobretodo desde el ámbito social y evolutivo. Sin embargo, no existe un reconocimiento de su relevancia a nivel académico, por lo que resulta complicado encontrar literatura que ahonde en éste tema desde una visión psicológica, centrada en la influencia del género en nuestra identidad, en los malestares y vivencias subjetivas o en la construcción de nuestras relaciones interpersonales, por ejemplo. También es importante tener en cuenta otra dificultad añadida: la literatura escrita por mujeres, su voz, probablemente está silenciada y poco reconocida.

Esto puede ser debido a que, como ocurre en tantas otras disciplinas, el conocimiento generado en Psicología ha sido eminentemente androcentrista: se ha cogido al hombre (y sus circunstancias) como medida de qué es salud mental, como modelo y norma para hablar de subjetividades y malestares. Aquí siempre pensamos en la teoría de Carol Gilligan, en dónde su trabajo señaló directamente al sesgo de género en el campo de la investigación y producción de conocimiento.

La perspectiva de género en psicoterapia

Trabajar bajo la perspectiva de género nos permite integrar y considerar la cultura y la sociedad en la que vivimos en el espacio terapéutico, en y desde una visión más completa. Salimos de la idea de sujetos con dolencias individuales para añadirle tridimensionalidad, viendo cómo en función de en qué género nos leen y nos identifiquemos, nos interrelacionamos con el medio de una forma u otra. 

Ya desde la Psicología Social y desde la perspectiva Sistémica nos hablan de cuán importante es el entorno en la configuración de quién somos, en nuestra idea de quiénes son las demás personas y en qué es el mundo. Y esto está, en gran parte, mediado por la construcción del género, por lo que introducirlo como una variable que nos atraviesa y está presente en muchísimos ámbitos de nuestra vida, es un enfoque casi necesario que aporta muchísima más información a la lectura de qué le pasa a la persona.

En psicoterapia, la perspectiva de género puede ser clave, ya que nos permite indagar, revisar y observar cómo hemos construido nuestra identidad y nuestras experiencias teniendo en cuenta nuestra socialización de género. Esta visión puede ayudarnos a ampliar la perspectiva y salirnos del reduccionismo de los malestares individuales (algo muy neoliberal y muy generalizado en salud mental, sea dicho de paso) y a entenderlos enmarcados en todo un proceso colectivo. Asimismo, nos puede ayudar a comprender y entender cuestiones como: ¿Cómo es que hay tanta prevalencia de culpa en las mujeres?, ¿Por qué la estrategia emocional más usual en los hombres es a través de la agresividad o el consumo? ¿Cómo es que hay un sobrediagnóstico de TLP (Trastorno Límite de la Personalidad) en personas leídas como mujeres? ¿Qué sucede con los trastornos de la conducta alimentarios en hombres?

La importancia de la perspectiva de género aplicada a la salud mental nos permitirá entender la génesis de lo que a priori parecen cosas “azarosas” o por mala gestión de un individuo, y nos lleva a enmarcarlo en todo un mundo de influencias que se interrelaciona con: quién soy, cómo debería ser, lo que está bien y mal acorde a dónde te clasificaron, etc. 

¿Por qué el género? 

Parafraseando a las compañeras de Píkara en este maravilloso artículo que explica la diferencia entre sexo y género:

El género es un producto social, “ser un «género» es algo específico a una sociedad concreta, es un campo determinado de la vida social humana”.

El género, al igual que otras identificaciones, impregna nuestra identidad, nuestra forma de ver el mundo, de construir nuestras relaciones con otras personas y con nosotres mismes, ¡no podemos desprendernos de él sin más! 

Lo cierto es que Hawkesworth (1997) identificó al menos 25 usos diferentes del concepto de género, considerándose como un atributo de las personas; una características de las relaciones interpersonales; un tipo de organización social; como un efecto del lenguaje o como una característica estructural de poder. 

Simone de Beauvoir rompió en El Segundo Sexo con la idea del sexo como expresión directa de lo natural dando paso a toda una nueva ola del feminismo con su famosa frase “no se nace mujer, se llega a serlo”. Con ella desplaza el foco de las ideas biologicistas, deterministas y esencialistas de la época para ilustrar la importancia de tener en cuenta que el género, lejos de venir determinado desde el nacimiento, [o por los genes y/o la anatomía], es algo que se construye a través de un proceso de socialización, en el que las personas vamos integrando valores, estilos y comportamientos en forma de mandatos de género. Estas directrices vienen determinadas por la cultura y el momento histórico en el que nos encontremos, creando el modelo cultural de mujer que “debemos ser” y reprimiendo lo opuesto a través de mecanismos de control social, como la exclusión o la humillación. Estas, a su vez, se internalizan en forma de vergüenza o culpa, por lo que vemos como el motor del control social funciona. 

Otras autoras como Ashmore (1990), también utilizan en esta línea el término, reconociendo el hecho de que “hombre” y “mujer” son construcciones culturales y que cada persona es criada en una sociedad concreta, con un rico conjunto de creencias y expectativas acerca de estas categorías sociales.

Pero bueno, el concepto del género es algo mucho más complejo para determinarlo en binarismos y en dos parágrafos, en este eterno debate entre biología o construcción, que se asemeja a qué fue antes, si el huevo o la gallina. Siguiendo las líneas de pensamiento de Judith Butler, todo se va interrelacionando a lo largo de nuestro desarrollo como individuos: El cuerpo crea el concepto, y el concepto también modifica y crea al cuerpo en esta performance en el teatro de la norma social.

Más Psicología feminista, ¡por favor!

Así pues, poniendo el ojo aquí en el espacio terapéutico podemos ver qué nos ha ocurrido constantemente y de forma regular a lo largo de nuestra vida por ser personas leídas o identificadas en un género concreto, por el hecho de haber sido encasilladas en una categoría, y cómo eso ha hecho mella en mi, qué tengo internalizado y si tengo malestares debido a ello. 

La manera en que nos tratan por la calle cuando nos leen mujeres, por ejemplo, es diferente a cuando te leen hombre. Este trato diferenciado suele ser generalizado, ya que la sociedad comparte un imaginario colectivo conjunto sobre qué es ser hombre o mujer, y cada persona que comparta ese imaginario nos tratará en función de él. Cabe matizar que quizás la manera concreta de tratarnos sea diferente, aunque compartan la misma creencia de raíz. Por ejemplo, si yo creo que ser mujer está asociado con ser débil, tanto podré mostrarme de forma protectora (siendo paternalista o sobreprotectora) o de forma persecutora (insistiendo que salga de esa debilidad).

Así mismo, el género, la identidad, las vidas de cada una de nosotras, son experiencias tan complejas que reducirlas a categorías (identitarias, de género, de salud mental) sería injusto hacia la comprensión del malestar. De no integrar perspectivas que miren más hacia cómo está configurado el sistema social (el heteropatriarcal, al sistema capitalista, criterios de normatividad etc.) actuaremos un sesgo en psicoterapia: haremos lecturas e interpretaciones de los casos clínicos centrando el problema únicamente en el individuo, sin considerar qué cosas de su entorno están colaborando para hacerle sufrir. ¡Incluso podemos caer en culpabilizarlo!

Por otro lado, adoptar una visión sensible al género nos va a permitir conceder, por ejemplo, el valor que se merece al cuidado y el trabajo doméstico no remunerado, no ignorar la sobrecarga que puede suponer, cuestionar y deconstruir los roles de género, detectar la desigualdad de poder que existe en las relaciones de pareja heterosexuales, identificar la violencia de género, etc.    

También hay que mencionar que para poder integrar la complejidad de la perspectiva de género, no basta una formación en Psicología (por ejemplo), en donde se menciona por encima el carácter social de la construcción del género y señala las consecuencias del sexismo. Es imprescindible que los programas formativos puedan incluir explícitamente contenidos acerca de la perspectiva de género y actividades que nos inviten a evaluar los sesgos y a desafiar nuestra forma de entender y construir el espacio terapéutico. 

Alzar la voz desde la salud mental para una formación más completa, inclusiva con la diversidad, y fuera del eje normativo, para así salir de la vieja escuela estructural que aún nos acompaña desde sus orígenes, a una visión más holística, integradora y postmoderna, del concepto de bienestar en salud mental.

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