Queremos vivir (solas)

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Uno de los aprendizajes que me ha traído las no-monogamias junto con los feminismos y demás cuestionamientos, es que para hacer todo este trabajo necesitamos a la vez red y también un espacio propio. Siendo mujer, en un sistema en el que se nos socializan para estar al cuidado de las demás personas, y tener varias relaciones no-monógamas con hombres (con todos los “deber ser” y mandatos asociados a esta combinación), presentan una geometría que hace que el espacio destinado (y permitido) para una misma sea bastante reducido: los tiempos son consumidos por las demandas, y no sólo en el área laboral-capitalista, sino que se extrapolan a tu propio hogar. 

Ilustración de C. Cassandra

Este artículo está escrito en la conciencia de que es una reflexión desde una posición privilegiada, y que son malestares desde la comodidad de ser una mujer cis, con acceso a estudios profesionales, con un trabajo estable y sin otro tipo de cargas económicas/familiares. Para muchas identidades disidentes, racializadas y personas en precariedad estas palabras pueden sonar ajenas, al ser lamentablemente una realidad lejana.

Este artículo está escrito también desde una reflexión a raíz de una necesidad, que surge en un sistema que nos hiere, y que se materializa en un mercado inmobiliario abusivo, injusto, en donde existe un juego mercantil con los derechos básicos de habitaje y vivienda. Escribo esto desde un privilegio que debería ser un derecho para todas.


Actualmente me encuentro en el proceso de buscar piso, después de mucho meditar y terapia, descubrí en mí esa posibilidad de poder replegarme en un lugar que sea mío, para poder sanar y seguir con la vida y los retos. Visita tras visita me encuentro con el escenario de que un gran porcentaje de visitantes son mujeres, mujeres que quieren vivir solas, y ante los comentarios en tono de “situación cómica” de las comerciales yo no paro de preguntarme:

¿Qué está pasando?

Ya en 1936 Marjorie Hillis escribía su libro “El placer de vivir sola”, un manifiesto sobre la vida independiente de las mujeres, su legitimidad y derecho, toda una revolución y reivindicación que a día de hoy sigue vigente. Virginia Wolf también nos lo advertía en 1929 en su libro “una habitación propia”: “Una mujer debe tener dinero y una habitación propia si desea escribir ficción.”, narrando la necesidad de un lugar propio desde donde poder desplegarse.

Relatos más actuales los encontramos en la serie de libros de Vivian Gornick, “la mujer singular y la ciudad” nos muestra en clave biográfica la vivencia de recorrer una ciudad, habitar un espacio para reconocernos y reconquistarnos, y cómo se configura una identidad propia, entre relaciones, lugares y nuestro hogar simbólico.

Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) en España viven solas más de 4,7 millones de personas, de ellas 2,5 millones son mujeres. Cuando comenté en redes mis preguntas y reflexiones, muchas nos escribieron resonando con el tema, desde el anhelo de poder permitírselo, a la experiencia en primera persona de esta aventura: vivir solas implica un proceso que recorre la mezcla emocional entre angustia, duda, culpa y al final de todo, libertad.

Ilustración de Quino

Al principio, la gente se sorprendía. En mi familia no entendían que, si no tenía pareja, prefiriera vivir sola a vivir con ellos, mis amigues me decían que era una valiente… a mí no me parecía valiente vivir sola, me parecía necesario” nos comentaba una compañera, y es que aún sigue existiendo el estigma de que algo malo hay en ti para decidir vivir independiente. El peso de las etiquetas y de los convencionalismos sociales es una gran losa que acarreamos a la espalda, las relaciones sexo-afectivas y la familia son una idea y aprendimos que deben ser de una forma determinada, al final más que en una elección, se convierten en una imposición. 

“Luchar contra lo aprendido es complejo, y en multitud de ocasiones he sacado el látigo de la culpa. Te persigue el abandono familiar y múltiples etiquetas, con las que tienes que luchar”

Muchas que ya están en este proceso han encontrado rincones entre la angustia y la culpa: culpa por la costumbre de no podernos permitir ese espacio para mirarnos, delimitarnos, para hacernos sujeto a parte de ser el objeto al servicio de las relaciones. La culpa por estar muy agustito en casa sin el mandato de tener que relacionarme ¿Será que no sé comprometerme?, ¿Que soy una asocial?, ¿tengo miedo a estar en pareja?, esa culpa torturadora de estar disfrutando de tu rincón y tu soledad, que no es un “lujo” o un “capricho”, es un derecho, también para las mujeres.

Superada la culpa suele venir la ansiedad de tener que verme en soledad. Por fin, se para el ruido de alrededor que distrae y queda el gran reto de verme cara a cara con mis luces y sombras, de acompañarme, de saberme cómo soy y darle un espacio a ello. Se hace angustiante porque ahora nos toca hacernos cargo de nosotras, responsabilizarnos, accionar, limitar, ser…  esa angustia agri-dulce.

“Ha disparado niveles de ansiedad pero también ha estabilizado cosas en mi trayecto en terapia que no se hubieran colocado en otro escenario.”

Ilustración de Agustina Herrero

Cuando toda nuestra tormenta interna se asienta, el espacio propio se transforma en paz, aún con el sacrificio económico que nos pueda suponer (porque recuerden que la precariedad laboral suele estar ligada a trabajos feminizados, sigue habiendo brecha salarial y desigualdad en las oportunidades, aumentando la pobreza femenina) vale la pena. Esta sensación de alivio nos habla de cómo están construidas las relaciones para nosotras hoy en día, aún con todos los cambios y avances que hemos logrados, aún se ve cómo operan dinámicas relacionales que hablan de posiciones, de mandatos, de prohibiciones y obligaciones (internas y sociales).


¿Estamos cansadas de estar volcadas en las relaciones?

Los relatos nos hablan tanto de relaciones sexo-afectivas, como de familias, compañeres de piso, comunidades…, da igual la configuración, la experiencia es la misma: la carga mental de los cuidados, las tareas y la casa nos asfixia. Pensar y accionar el cuidado muchas veces son tareas invisibilizadas, tanto sea porque son perecederas (haces la comida y desaparece a la hora, la cama vuelve a estar deshecha el mismo día…), por ser infravaloradas porque “es lo que toca”, o porque directamente no se ven (¿quién pensó en lo que falta de la cocina? ¿quién se da cuenta del polvo en el salón y da el toque de atención? ¿quién está pendiente de cómo llegas a casa y te ofrece algo?). 

Aunque las tareas sean compartidas, haya un planning en la cocina o un acuerdo, las cargas mentales están en nosotras muy probablemente por la forma en la que nos han socializado o por el papel que creemos que tenemos que asumir para ser “válidas”. 

“Si estás sola en casa, no tengo que limpiar para nadie, no tengo que ser mami de nadie, no tengo que estar al cargo, escuchando… Es liberador no tener que ocuprase de los desastres de otres”

Vivir solas implica vivir para nosotras, a nuestro ritmo, con nuestras formas, rutinas y manías. Sea lo que suceda en esa casa, me afecta a mi y yo me hago cargo, es una gran liberación para quienes siempre estamos con la culpa de que nuestra presencia en el mundo cause malestar y/o deje una huella incorrecta en las demás personas, o de tener que ser las amas de casa perfectas que tanto nos enseñó Disney con la Cenicienta, Blancanieves y tantas otras.

Ilustración de Flavita Banana

Y nada es casualidad, desde hace tiempo andaba viendo en terapia a la hora de hacer el genograma (ese esquema sobre el árbol genealógico) como tras situaciones de divorcio o separación, muchas mujeres habían decidido no volver a convivir con nadie, aún algunas teniendo nuevas relaciones. Lo veo también en el relato de mi madre, que mira con los ojos grandes como su hija quiere vivir sola, y responde en un suspiro diciéndome “Ay sí, no te lo pienses”

“Me siento menos sola, menos rara y menos antisocial sabiendo que hay muchas más como yo, como nosotras”

Esta experiencia y el debate compartido con todas ustedes por las redes me ayuda a darle forma a mis sensaciones, cada vez que voy a ver un piso, me miro, miro el mundo y veo cómo ponemos en práctica anhelos, deseos, necesidades, cómo nos permitimos cada vez más, cómo vamos desarrollando nuevas formas de pensarnos y vivirnos. Con todo he querido visibilizar este discurso colectivo, para demostrarnos que no hay nada de malo en otras formas de vivir. Gracias a todas por los aportes

El problema es que social y económicamente el mundo aún no está preparado para vivir sola.

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