La jaula de la vergüenza

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¿Te acuerdas aquella vez que hiciste aquello tan vergonzoso? ¿Recuerdas cómo te sentiste?

En estas ocasiones, deseamos hacernos pequeñxs, escondernos, salir de la vista de la gente, irnos al rincón más alejado y solitario y quedarnos ahí, recogidos en nuestro malestar. En países de habla latinoamericana, se le llama “pena”; le vemos mucha relación con lo que uno siente.

Sentir vergüenza es algo más frecuente de lo que creemos, sobretodo en momentos vitales como la adolescencia o la juventud, aunque no es exclusiva de estas etapas. Muchas personas tienen este sentimiento delante de situaciones en las que se juzgan a sí mismas como inadecuadas, debido a los parámetros sociales establecidos, y temen un juicio negativo por parte de las demás personas.

Por eso hablamos de que la vergüenza es algo propio, no externo. Somos nosotrxs quien nos auto-juzgamos como algo inadecuado y sentimos vergüenza, ya que hemos interiorizado la normatividad social, aquello que nuestro entorno considera adecuado o inadecuado, “lo que debemos ser”. Lo damos por sentado, hemos asumido esa visión externa. Pero, ¿realmente pensamos lo mismo o sólo hemos asumido esa opinión sin cuestionarla?

 

¿De dónde viene tanta vergüenza?

Muchos autores acuerdan que aparece cuando se está formando nuestra visión de quién somos, quién son los demás y qué es el mundo. Es decir, se da normalmente en la infancia y adolescencia.

Se construye en situaciones en que en vez de una actitud de confianza, apoyo y reafirmación, encontramos un juicio negativo o una reprimenda por parte de personas significativas de nuestra red. Nos rechazan (¡no quiero que mi hijo o hija sea así!), nos apartan (¡fuera de aquí!) y/o excluyen (¡como no te comportes, nunca mas vendrás!). Nos sentimos profundamente humilladxs y negadxs, ya que normalmente hay una importante carga emocional en ese momento.

Entonces aparece el miedo a que mi persona no sea digna de pertenecer a ese sistema, ya sea familiar, conyugal o social. Aquí aparecen mecanismos propios de autocontrol para protegernos y evitar el ser excluidos. ¿Cómo? Evitando enseñar aquello que juzgamos como inadecuado. Y dejo de ser yo, para ser quién los demás quieren que yo sea.

Debemos recordar que la necesidad de pertenencia es muy importante en este mundo social. Se da la paradoja entonces, que quien más necesidad tiene, más vergüenza siente. Aquí es donde aparecen todas aquellas conductas de autocontrol para no exponerse al rechazo. Estas conductas pueden ser: callarnos, no mostrarnos, no hablar, no dar mi opinión, estar en constante tensión y alerta, mantenerse aparte, sentirnos culpable, sentir arrepentimiento, etc.

De esta manera, la próxima vez que nos encontremos con una situación parecida, volverá a surgir esa memoria emocional, sintiendo vergüenza al instante y activando esos mecanismos de autocontrol para seguir siendo aceptadx.

 

¿Por qué es tan grande?

El poder de la vergüenza se basa en sentimos mal por no ser “adecuados socialmente”, siendo este un mecanismo de control social. El deseo de pertenecer a un grupo es muy grande, por lo que la vergüenza realiza un papel de “anclaje” con ese grupo, a través del miedo a ser excluidos/juzgados/señalados si nos mostramos tal cual somos.

Por eso, la vergüenza es un regulador social. Nos dice qué podemos y qué no podemos y como consecuencia, obtenemos la validación y pertenencia al grupo o la exclusión de él.

 

¿Cómo nos afecta?

Otro aspecto importante es que el hecho de ocultar algo nuestro, merma nuestra autoestima, ya que nos vemos como seres defectuosos con motivos suficientes para no mostrarse a las demás personas. Por eso hablamos de que la vergüenza afecta a nuestra identidad y amor propio.

Ese rechazo es no solamente a una conducta, si no que se generaliza a toda mi persona y puede llevar a rechazarme quién soy.

Esta génesis de la vergüenza, entraña y transmite un mensaje aun peor: no eres digno, no eres digna.

Recordemos aquí qué es la vergüenza según la RAE (Real Academia Española):

“Sentimiento de pérdida de dignidad causado por una falta cometida o por una humillación o insulto recibidos.”

Este mensaje de indignidad va a aparecer en muchas ocasiones posteriores, concretamente cada vez que queramos relacionarnos. ¡Y estamos mucho tiempo relacionándonos con otras personas, ya sea a nivel laboral o social!

Lo peor de todo es que nos creemos este mensaje. Hecha raíces en nuestro interior y pasa a formar parte de nuestra identidad, nuestras relaciones y nuestro mundo. Asumimos la creencia de que “soy una persona indigna” y todo lo que llevamos a cabo, lo hacemos desde esa óptica. Esta creencia, además, suele encontrar todo el espacio interno disponible para ocuparlo, ya que no existe otra creencia que la contradiga.

Esta es la base en donde vivimos, le da contenido a los pensamientos y a las interpretaciones relacionadas con situaciones similares que han originado la vergüenza.

Pero todo esto es algo que hemos aprendido, por lo que con un acompañamiento adecuado podemos des-aprenderlo, empezar a vernos y tratarnos de otra manera, abrirnos a quiénes somos y salir de esta jaula.

 

2 Respuestas

  1. […] consecuencia de este proceso de estigmatización, es la vergüenza, nos avergonzamos porque alguien pueda ver que algo nos ha afectado, y etiquetarnos como […]

  2. […] sobre quiénes y cómo somos, que vivimos constantemente “de cara a la galería”. Nos da vergüenza vernos como alguien herible, nos ponemos máscaras de fortaleza que oculten nuestra herida, nuestro […]

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