Gestión emocional: el miedo

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Hoy llego con ganas de hablar del miedo y qué hacer con él. Para ello he querido escribir este artículo para aportar una poco de luz hacia la vivencia y sistémica del miedo, es decir, por un lado ver cómo siento el miedo y, por otro, la relación entre mi reacción actual ante situaciones que me dan miedo y las vivencias pasadas que he tenido con esta emoción, para así poder incidir un poco más en qué nos ocurre cuando el miedo nos paraliza.

Es por ello que, lejos de quedarme definiendo qué es el miedo, quiero aportar un granito dirigido hacia tomar consciencia de la vivencia del miedo y qué relación tiene éste con mi historia.

Una cosa curiosa que suele ocurrir es que hablamos casi cada día sobre emociones y otros procesos mentales, pero hay que decir que eso es algo diferente a vivirlas y sentirlas. Una cosa es hablar sobre ellas y otra es atravesarlas en primera persona; una cosa es hablar sobre el dolor, por ejemplo, que nos causa haber sido agredidas y otra es sentir ese dolor desgarrándonos por dentro. Si que es verdad que hablar de estos sucesos internos propicia que se visibilicen, me los reconozca y así empezar el trabajo pertinente, pero es importante señalar que solamente leyendo y quedándonos en la parte teórica no suplimos el trabajo de transitarlas y sostenernos en ellas.

 

Cómo siento el miedo

Antes de nada, quisiera recordar que el miedo es una emoción imprescindible para nuestra supervivencia. Es el miedo quién nos advierte de peligros, por lo que sin él estaríamos expuestes a un montón de daño, ya que cruzaríamos la calle sin mirar, tocaríamos el fuego sin dudar y nos lanzaríamos al agua sin saber nadar.

El problema llega cuando éste miedo se vuelve desadaptativo. Es decir, cuando su intensidad es tal que me bloquea, me paraliza o me impide hacer frente a situaciones tales como poder salir de mi habitación, ir a comprar el pan, hacer una entrevista de trabajo o hablar con gente que acabo de conocer en un entorno seguro.

No menospreciemos ni banalizemos el pánico. Estamos hablando de vivencias de terror, en dónde nuestra amígdala (la parte cerebral que regula las emociones) manda mensajes de alarma masivos a todo nuestro cerebro y a todo nuestro cuerpo. En cuestión de milisegundos, mi cuerpo y mi mente están invadidos por esas señales y para cuando me doy cuenta mi cuerpo ya está en marcha. Seguramente si en ese momento hiciéramos un escanner de las reacciones cerebrales, veríamos todo nuestro cerebro activadísimo por esas señales que la amígdala manda masivamente. Literalmente, estamos secuestrados por la emoción. Es como si gritara «Alarma! Alarma! Alarma!» y es aquí donde se activan todos aquellos mecanismos y procesos fisiológicos necesarios para hacer frente a la amenaza.


Uno de los primeros trabajos necesarios en terapia es observar cómo es el miedo en mi cuerpo, qué procesos se activan y de qué manera se está preparando para la amenaza. ¿Por qué? Porque las emociones se viven en el cuerpo. Sé que estoy enfadada o triste o con miedo o una mezcla de varias emociones, porque detecto que algo en mí cambia. Solemos darnos cuenta por la conducta que tenemos o por otros parámetros que no son corporales, como «estoy más irascible» o «estoy apática«. Es por ello que potenciar la percepción corporal es el primer paso para aprender a gestionar mis emociones de una forma que pueda beneficiarme.

Para ello es necesario observar las sensaciones corporales que tengo bajo una situación que identifico como amenazante. Digo identifico, porque no tiene porque ser objetivamente una situación que dé miedo, sino que basta con que yo sienta miedo. Entonces, se trata de ver que me está ocurriendo a nivel corporal en ese momento, es decir, paro un momento, respiro hondo y llevo mi atención hacia mi cuerpo. Esto es algo que podéis hacer en cualquier momento, basta con recordar esa situación con todos los detalles posibles y ahí observo mis sensaciones corporales al respecto, como mi respiración, la tensión muscular en las diferentes partes de mi cuerpo, los latidos del corazón, la temperatura de mi cuerpo, la sensación en mi cabeza,…

Encontramos en Mindfulness una herramienta muy útil y potente para registrar todo aquello que está sucediendo en mí a nivel corporal y reconocer cómo vivo esa emoción. Sé que es muy fácil decirle y más difícil llevarlo a cabo, pero es una capacidad que se puede desarrollar; de la misma manera que entreno mi cuerpo puedo entrenar mi capacidad para observarme.

¿Por qué reacciono como reacciono?

Para ofrecer un poco de teoría que nos ayude a entendernos, encontramos en Porges y su teoría polivagal un aporte básico para entender por qué reaccionamos de formas tan diversas ante el miedo. Su equipo se ha basado en vivencias traumáticas, estresantes y de pánico, y la verdad es que es una fuente imprescindible para abordar el trabajo con traumas.

Se ha estudiado las reacciones fisiológicas que tenemos delante una situación que percibimos como poco segura y de qué manera activa nuestros sistemas de alarma, los cuales siempre nos llevan a buscar protección:

  1. En un primer momento pasamos instintivamente a la interacción social: pedimos ayuda, buscamos consuelo y apoyo.
  2. Si en mi experiencia vital he aprendido que nadie acude en respuesta a mi señal de alarma o si estoy ante un peligro inmediato, el organismo pasa a un modo de supervivencia más primitivo: luchar o escapar.
  3. Cuando correr o atacar tampoco resuelve la amenaza o cuando ésta se percibe como excesiva (como cuando nos acorralan entre cinco o cuando un niño no puede escapar de la persona cuidadora que lo aterra), se activa nuestro último recurso: me inmovilizo. Aunque parezca contradictorio, no lo es tanto ya que si yo percibo una amenaza a mi integridad, no tengo recursos para hacerle frente y he constatado muchas veces que soy incapaz, se activa la parte del cerebro más primitiva, con el objetivo más primordial de todos: preservar el cuerpo (recordemos a los reptiles cuando delante una amenaza se hacen el muerto). Este es el momento en que nos desconectamos, nos colapsamos y nos paralizamos.

Mis vivencias

Como decía, en este primer momento en que estoy viviendo el miedo no es muy relevante analizar si objetivamente esa situación que vivo es tan amenazante como percibo. Esto sólo hará hacerme sentir peor si valoro que mi activación delante una situación «no es para tanto«. ¡Cuantas veces nos hemos dicho eso! Y cuántas hemos escuchado como nos lo decían, por lo que yo me pregunto, ¿de qué nos ha servido que nos lo dijeran? ¿Realmente ha ayudado?

Cómo mi entorno y mis figuras de protección han reaccionado a mi miedo es la base por dónde yo desarrollaré sensaciones de seguridad o de inseguridad, por lo que ir a indagar en mis vivencias con esta emoción me proporcionará información muy interesante para averiguar porqué a día de hoy la vivo como la vivo. Puede que me hayan dado un espacio de seguridad o protección, calmándome y dándome aquello que necesitaba o puede que hayan ninguneado y dejado a solas con mi emoción y/o la persona que tenía que ofrecerme ese espacio era la fuente de terror y maltrato. Sea como sea ésta es determinante.

Vivencias de indefensión y desprotección continuadas y/o traumáticas son la base de muchas sensaciones de miedo e inseguridad generalizada.

A través de ciertos mecanismos fisiológicos una situación actual que causa un impacte emocional activa recuerdos de momentos vitales anteriores en donde yo he sentido esa misma emoción. Ir a entender qué me ha ocurrido a mí en situaciones amenazantes y/o traumáticas me da idea de qué he aprendido en ellas y me ayudará a entender porqué reacciono como reacciono delante la vivencia actual de miedo, porque es en ellas donde yo he aprendido qué funciona y qué no, qué capacidades tengo ante estas situaciones, cuan amenazante y «real» es el daño que sufriré y de qué recursos dispongo.

 

Es por todo esto que observar cómo es el miedo en mi y ver qué me ha pasado en mi vida cuando he tenido vivencias de miedo y terror es esencial para entender cómo vivo y transito esta emoción. Si resulta que tengo tanto miedo que por mucho que me esfuerce me sigo paralizando y haga lo que haga no puedo cambiar, te recomiendo que visites a une psicólogue para que te ayude en este proceso, ya sea con nosotras o con cualquier otre profesional que sepas esté cualificade.

 

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