El proceso de cambio

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En terapia (y en muchas otras circunstancias de la vida), la gente tiene un objetivo claro: queremos vivir bien, mejorar o erradicar situaciones que nos produzcan malestar y conflicto. Aunque a veces los detalles específicos de en qué necesito cambiar o de qué forma hacerlo no estén tan claros, sí que tenemos la seguridad de que hay una circunstancia vital que nos está pidiendo una revisión, y que el objetivo final trata de un cambio en nuestra vida.

Y entonces empezamos un proceso de cambio, comenzamos con los primeros pasos de un camino que esperamos nos lleve a una meta deseada, este camino muchas veces empieza incluso antes de asistir a terapia.

Manuel Villegas, psicólogo y profesor de la universidad de Barcelona nos lo cuenta en sus artículos acerca del análisis de la demanda en psicoterapia: “Cuando alguien acude a buscar ayuda del tipo que sea, generalmente se ha recorrido previamente un largo camino repleto de bucles y estados intermedios […] solo cuando un problema adquiere una dominancia relevante suele motivar la atención del sujeto que lo sufre. La reacción de un individuo que se hace consciente de un problema tiende a ser la de buscar formas de hacerle frente por sí mismo, es decir, poner en marcha sus propios recursos. Únicamente cuando estos son insuficientes es cuando se abre a la solicitud de ayuda externa.”

Lo que es cierto es que solemos convivir con un nivel bastante intenso de malestar, y a pesar de éste seguimos funcionando en nuestro día a día desde nuestra resiliencia, hasta que un día ya no podemos más.


El malestar con sentido y el malestar sin sentido

Las dinámicas que establecemos para resolver situaciones parten de la mejor solución que pudimos dar en un momento concreto, en una determinada situación vital y partiendo de unos aprendizajes específicos hasta entonces. Estas dinámicas son el proceso resultante del ciclo de la experiencia (Kelly, 1955).

Lo que queremos decir con esto es que muchas veces, adquirimos una dinámica que en un momento fue funcional y específica, y una vez cronificada, llega un punto en que deja de darnos los beneficios que obteníamos. Aquí nos planteamos la necesidad de un cambio de estrategia para resolver la vida, aunque aún seguimos acudiendo a la vieja estrategia para dar respuesta a problemas presentes (con mecanismos de alguien pasado).

Y es que, un nuevo rumbo en nuestra forma de hacer puede dar mucho miedo, ya que supone enfrentarse a viejos fantasmas, abrir heridas que estaban totalmente tapadas o realizar determinados esfuerzos. A veces los cambios que la vida nos pide pasan por un malestar, y es normal que no tengamos muchas ganas de pasarlo mal.

La cuestión es que llegado a este punto, es probable que ya lo estés pasando mal. Reproduciendo viejos esquemas nos quedamos en un bucle donde seguimos obteniendo los mismos resultados, y por tanto, el mismo malestar. Ya le conoces, sabes que no te hace bien, que quieres otra cosa, pero sigue presente. A este malestar le llamamos el malestar sin sentido.

Levantarse del sofá, hacer el esfuerzo de lanzarse a un proceso de revisarse (con o sin terapia) da mucho vértigo, se pueden abrir cajas llenas de polvo que nos duelan y nos produzcan picor, un malestar con sentido, ya que nos llevarán a nuevos caminos.


¿Los cambios se hacen en línea recta?

Parece ser que cuando nos planteamos un objetivo, vislumbramos el camino hacia la meta como una línea recta ascendente, ¿les suena la típica imagen de la escalera? cada pasito es un progreso, un acercamiento más hacia ese ideal en el que finalmente nos estableceremos y habremos “adoptado el cambio”
Esto no es solo una perspectiva poco realista, sino que además es generadora de muchísima frustración y sobre-exigencia. Si fallamos, caemos o no cumplimos un día, ¿estamos dando un paso atrás?. El paso hacia atrás lo vislumbramos como un movimiento que nos aleja de la meta por tanto, si esto ocurre nos vemos en una situación en donde hemos dado un paso hacia el polo del fracaso (volver a la situación de origen de la que queremos distanciarnos) y nos alejamos de la situación de “éxito” (situación favorable) ¿qué vital parece, verdad?
En palabras del Coach Enrique Sacanell: “Con demasiada frecuencia sigo viendo como, sobre la base de la eficiencia, la rapidez, la urgencia,… se pretende hacer el recorrido entre esos dos puntos por una “vía recta”. “Vayamos al grano”, “no perdamos el tiempo”…”

Hagamos un ejercicio, vamos a pensar la última vez que fuimos a hacer algún camino por la montaña y ascendimos a alguna cima, de la dificultad que sea. ¿Recuerdas cómo fue?

Cuando ascendemos por una montaña el camino nunca es recto, y si lo fuera, la pendiente sería tal que sería casi imposible de subirla. Subiendo por la montaña de Tijuca, el parque nacional de la ciudad de Río de Janeiro, reflexionaba sobre la cantidad de obstáculos que existían en ese camino, raíces, rocas, árboles caídos, ríos… a veces resultaba realmente molesto y todo un sobre esfuerzo tener que cruzar unas rocas agarrada a una cuerda, o escalar con mis manos para poder subir la distancia que separaba el suelo del siguiente árbol. Todo esto hacía el camino más complicado, y a la vez todo ello formaba parte del camino, formaba parte de la experiencia de subir por ese parque natural.

La línea recta no nos deja tiempo para coger aire, para apreciar el paisaje (a no ser que pares), y tampoco nos deja espacio para aprender de los errores. Un hábito, una dinámica, una forma de ser y funcionar no se cambia de la noche a la mañana, se requiere todo un proceso de ensayo y error, de vivencia y asimilación, de caída y aprendizaje.

En este camino de cambio, cada raíz, cada roca a saltar, cada río a cruzar es un elemento importantísimo que nos va a enseñar sobre nuestras propias habilidades y sobre quién somos, ¡incluso es capaz de cambiarnos la dirección de nuestro camino!. El camino más largo nos va a enseñar muchísimo acerca de la constancia, la perseverancia, el integrarnos, cómo tolerar la frustración, cómo dejar ir la inmediatez y la impulsividad del refuerzo inmediato.

Frente al modelo de la línea recta, nosotras proponemos el modelo de las curvas de aprendizaje inspiradas por la “rueda del cambio” del modelo transteórico de Prochaska-DiClemente (1982). Este modelo, usado normalmente para reflejar procesos motivacionales en psicoterapia con drogodependencias, refleja una rueda en el cual se pasan por diferentes estadios hasta la obtención de un cambio final.

El hecho de que sea un círculo refleja la realidad de que en cualquier proceso de cambio la persona gira alrededor del proceso varias veces antes de alcanzar un cambio estable, y que se pasan por diferentes estadios varias veces antes de alcanzarnos una estabilidad, cada paso nos enseñará algo nuevo sobre nosotrxs que nos servirá para la integración final del objetivo.

Lo mejor de este modelo es que se consideran las recaídas como un acontecimiento normal o un estado más del cambio. Esta visión en el cambio nos parece crucial, cuántas frustraciones, decepciones y machaques hacía nuestra persona y nuestras capacidades nos ahorraríamos si contemplaramos que, una vez iniciado un proceso de cambio, es esperable que a la primera (ni a la segunda, ni a al tercera…) nos salga tal y como planeamos.

La psicóloga experta en trastornos de la conducta alimentaria, Gema García en su artículo en “Cómete el mundo TCA” explica maravillosamente estos estadios de cambio:

  1. Precontemplación: No hay consciencia ni elaboración de lo que está yendo mal, aunque si se experimenten malestares (no conectados con el contenido)
  2. Contemplación: se toma consciencia de que existe alguna problemática
  3. Preparación: Se lleva a cabo la organización necesaria para emprender los primeros pasos de acción
  4. Acción
  5. Mantenimiento / Recaída: se van integrando los diferentes matices de hacer cosas distintas, las recaídas o vueltas a las dinámicas antiguas nos van enseñando nuevos aspectos de mí que no conocía (si volvemos a la contemplación)
  6. Consolidación

 

El proceso de cambio pasa por todos estos estadios, dando vueltas en un “loop” una y otra vez hasta que llegamos a consolidar y asimilar la nueva estructura.

Si nos paramos a pensar, el éxito no está en ese momento final de consolidación y cambio, sino, a nuestro modo de ver, en todos los pasos, acciones, revisiones y reflexiones que hacemos a través de la preparación, acción, recaída y vuelta a empezar. Cada vez que volvemos a la rueda, cada vez que nos introducimos de nuevo en la consciencia y en el loop, estamos alcanzando nuestro objetivo, estamos cambiando, estamos siendo diferentes.

 

Este modelo de curvas frente al modelo de línea recta es el modelo del darse cuenta. En palabras de Manuel Villegas en su libro “Prometeo en el diván”: “las crisis se manifiestan como la punta de un iceberg de características estructurales mucho más complejas. La psicoterapia implica la transformación de una demanda focalizada en la mitigación de los síntomas, hacia una demanda de comprensión del significado del fenómeno, que permita una evolución o desarrollo del sistema epistemológico del sujeto.


¿Cómo empezamos?

El malestar sin sentido continuado de la fase de precontemplación nos lleva a plantearnos que algo pasa. Estos interrogantes nos llevarán a un momento de contemplación y preparación en donde a veces, entra en juego la terapia. Y en este lugar sucede el proceso de “darse cuenta” que inicia el cambio.

La terapia (y otros espacios de auto-conocimiento) es un espacio de exploración y génesis de grandes preguntas, en donde ir arrojando luz a los rincones inexplorados y oscuros que no habíamos contemplado. Hacemos conexiones, establecemos hipótesis y averiguamos qué ocurre en nuestras dinámicas para poder ir introduciendo pequeños cambios.

La figura de la persona terapeuta como facilitadora del cambio, fue concebida en una teoría articulada por Carl Rogers (1959). Éste introdujo que para que se de una relación interpersonal que favorezca el proceso de la persona, se deben manifestar tres características cruciales, ideales para la atmósfera del cambio:

  1. Un lugar seguro que favorezca el análisis de las experiencias de forma abierta que propicie el encuentro de soluciones.
  2. Una actitud empática y de apoyo
  3. Una consideración positiva incondicional, aceptando las propias particulariades y procesos de la persona, como parte de su individualidad sin juicio ni rechazo.

 

Y tu, ¿Te animas a caminar con nosotras?

 

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