El cuento que me cuento

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Desde que era semilla, mis padres tenían claro que yo sería un ciprés. Tendría el cuerpo esbelto, bien delimitado y cuando la gente me viera, pensarían que era capaz de tocar el cielo.
De esta manera, me plantaron con tierra para abonar ciprés, hablando y soñando en cómo sería yo cuando fuera mayor. Comentaban sobre mi tronco, que sería fuerte y firme, sobre mi forma, que ya se ocuparían ellos de dármela, y sobre mi altura, que como ya he dicho, sería digna de admirar.

Empecé a crecer, y siempre estuve escuchando todas esas historias sobre quién era yo. Me trataban como tal, diciéndome qué podía y qué no por ser un ciprés, me direccionaban hacia arriba, me cortaban las ramas que salían de esa forma que ellos consideraban correcta, etc.
Y poco a poco, yo me convencí de que era un ciprés.

 

Pero algo raro me pasaba, que no acababa de sentirme en plenitud siendo ese árbol que tanto me habían dicho que era. ¡Y mira que me esforzaba un montón! Pero algo me era extraño, algo me era incómodo, algo no me dejaba estar bien.

 

Pensando en que algo mal estaba en mi interior, le hacía caso omiso a esa parte y seguía con obstinación en ser el mejor ciprés de la región.

Pero… ¿Por qué no era feliz siendo un ciprés? ¡Si eran fantásticos! ¡Con todo lo que mis padres se esforzaron y con todo lo que yo había hecho para dar lo mejor de mí!

 

Un día, empezaron los síntomas. No sacaba brotes nuevos, debilidad en mis ramas, mi tronco empezó a podrirse,… Cada vez iba a peor y podía ser menos capaz de llevar mi día a día. Me preocupé un montón, ya que debía ser un gran ciprés (¡me lo habían dado todo!), así que decidí ir a un especialista en árboles.
No os voy a contar cómo llegamos a esa conclusión (tardamos unas sesiones), pero me di cuenta que yo nunca fui un ciprés. ¡Nunca! Me habían considerado y tratado como tal, incluso yo me lo había creído. Me había forzado a serlo, convencido a ciegas de lo que me decía todo el mundo.

 

Pero, realmente, yo era un sauce llorón. Y ahí, todo cobró sentido.

 

La identidad se construye

El ser humano construye el mundo en que desarrolla su existencia de una forma significativa, de la misma manera que se construye en él. La persona se convierte en el artífice de su propio mundo, es parte activa de ello, de forma que éste se convierte en una creación propia.

No somos simple receptores pasivos, sino que a través de la interacción con otres hemos creado todo un mundo de significados y son a través de ellos que entendemos los sucesos. Por ello, vemos la realidad tal cual somos y no tal cual es. Por ejemplo, si yo he vivido un accidente en coche y me ha quedado cierta ansiedad al respecto, cada vez que me suba a un coche lo viviré con ansiedad, aún cuando el coche esté parado o no haya motivos “objetivos” para tener ansiedad. Esto quiere decir que somos agentes activos en la construcción de nuestras vivencias, no podemos desligarlas de nuestras experiencias previas y de nuestro ser.

Cambiar como yo interpreto la realidad es tremendamente difícil. Porque no se trata de cambiar de zapatos, de coche o de ropa, sino que requiere cambiar la forma en que entiendo el mundo, cosa que me traerá cierto estado de confusión, porque todo lo que he creído saber y le da estructura a mi mundo, resulta que debe ser deconstruido en el proceso y ahí se rompe la estructura mental que me sostiene y da sentido a mi vida.

A ver, tampoco quiero caer en pretender que no existe una realidad ahí fuera, como se dice en el constructivismo más radical. Realmente es que no lo sé! Quizás la hay, quizás no, la cuestión es que yo tengo acceso a ella a través de mi estructura psicológica, algo totalmente subjetivo (forma parte de un sujeto, yo en este caso).

 

El cuento que me cuento

La narrativa que utilizamos para describir nuestras experiencias es muy potente, ya que construye lo vivido a través de cómo lo contamos. Como en el cuento, si siempre me han dicho que soy un ciprés, voy a crear una narrativa alrededor de esa idea y me voy a construir en base a ella. De igual forma, delante un hecho no reproducimos una versión exacta a lo ocurrido, si no que a medida que lo narramos vamos dándole un sentido y un significado, por lo que ocurre eso que las historias se tergiversan con el paso de los años y de ir contándolas.

Además, yo me construiré en función de cómo me hable y me considere. Si sé que tengo miedo y en múltiples ocasiones no he podido alcanzar mis objetivos debido a ello, tendiré a creerme que soy una miedica, que no valgo, que no soy valiente, etc. Si juntamos estas ideas con la manía adquirida a juzgarnos y que socialmente ser así es “malo”, ahí tenemos el caldo de cultivo ideal para empezar a sentirnos fatal con nosotres mismes. Y aquí habla una servidora que es una hija sana de estos mandatos morales sobre ser buena, ser cuidadora, no necesitar nada de nadie, etc. 

Las personas somos el resultado de nuestras vivencias, las cuales configuran y modulan nuestra estructura psicológica, es decir, quién somos. De pequeñes somos seres muy moldeables, y nos van esculpiendo por el camino, por lo que somos atravesades por todo aquello que experimentamos y lo que aprendemos de lo que nos enseñan. De ese cúmulo de experiencias adquirimos las nociones de quién somos, de cómo son las otras personas, de cómo es el mundo, y cuáles son los significados que manejamos. De ello se deriva una forma de ser, de pensar, de sentir, de identidad, de entender, de interpretar. Todo ello configura nuestra persona, surge una combinación que nos convierte en únicos, no encontraremos a dos personas exactamente igual, aunque compartamos algunos códigos.

Es aquí dónde se configura lo que llamamos identidad (conjunto de rasgos propios), la cual nos da sentido, coherencia y continuidad. Aún así, la identidad es más un proceso de identificaciones que algo único, estático, inmutable y estable en el tiempo. Con esto quiero decir que yo me voy identificando con varios roles o diferentes formas de ser: mujer, psicóloga, poliamorosa,… Y en estas identificaciones es donde yo encuentro quién soy, en este momento. Éstas categorías no son para siempre; quizás en un tiempo decido dejar de ser psicóloga y ser, no sé, jardinera.

Hay ciertas categorías que son más fáciles de cambiar que otras, ya que nos definen en menor medida y tienen menos peso en mi identidad. Otras, en cambio, son más nucleares, centrales, me identifico mucho con ellas, seguramente en cierta medida me gustan y en cierta medida no, y es aquí donde me es más difícil cambiar.

Como si, por ejemplo, yo me identifico con ser introvertida, pero quiero ser extrovertida, pero ese ser extrovertida suele implicar, tambien, perder otras cualidades mías que me gustan un montón, como escuchar, ser amable, respetuosa,etc. Claro! Aquí me resistiré a cambiar, porque para nada quiero convertirme en “ese tipo de gente” pero me encantaría tener más amigues. Ahí está servido el dilema.

G. Kelly, padre de la Psicología Constructivista, definió este hecho como “dilema implicativo“, en el que yo tengo un dilema interno que quiero resolver (ya que me hace sufrir) pero en el cambio hay unas implicaciones que están influenciando en no cambiar. Pero esto ya daría para otro artículo completo.

 

 

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