¿Cómo es nuestra psicoterapia?

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Nuestra manera de hacer psicoterapia está atravesada no solo por la perspectiva de nuestra formación académica, sino también por nuestros valores personales, nuestras ideas y visión de la vida, nuestros activismos y las experiencias que nos han atravesado hasta convertirnos en quienes somos. Nos encontramos en constante aprendizaje, participando en talleres, jornadas, cursos, posgrados,… Y en nuestras experiencias vitales.

El otro día estábamos debatiendo mientras comíamos juntas en un lugar que nos encanta, hablábamos de la cantidad de profesionales que existen en Barcelona dedicándose a lo mismo y nos preguntábamos ¿qué nos hace a nosotras diferentes? ¿Qué es lo que nos caracteriza? ¿Qué ofrecemos a la gente que haga que se sientan a gusto con nosotras?… Y surgió la idea de este post, escrito por ambas. Así que aquí encontrarás unas pinceladas de nuestra visión de la psicoterapia que llevamos a cabo, para que puedas conocernos un poquito más.

 

Nuestra visión de la psicoterapia

Para empezar, hay que decir que no existen varitas mágicas, ni soluciones rápidas que en una sesión te alivien el sufrimiento; si alguien te lo vende, duda de ello. Esto es más bien como ir al gimnasio: vamos a ir entrenándonos y ejercitándonos para poder llegar a vivir de la manera que mejor consideremos, más coherente con nosotrxs.

Sabemos que en la vida nos va ocurriendo situaciones que van a hacernos daño y van a requerir que les hagamos frente, o que prestemos atención a la herida que nos han causado. Hay que decir que no pretendemos que después de una terapia todo sea bonito y sepamos actuar siempre de una forma brillante. Más bien sabemos que en nuestras vidas a veces habrá cosas que no nos gusten y otras que nos generen sufrimiento, la idea es que las personas poseemos herramientas, construcciones, recursos personales que nos van acompañando y ocurre a veces que la adaptación de estas en la realidad no sale como esperábamos. Ahí vamos a tener que generar nuevas construcciones, más adaptadas a nosotrxs y a la situación y de esta manera, podremos afrontar aquello que nos ocurre con otra perspectiva y generando otras consecuencias.

El proceso

Si es verdad que cada terapia es un mundo y no nos movemos con un protocolo rígido, hay ciertas cosas que tienen en común y que tarde o temprano van saliendo.

La psicoterapia empieza con un motivo de consulta y luego se concreta en una demanda terapéutica, que muchas veces la definimos y estructuramos en sesión, por lo que no hace falta tenerla clara antes de empezar. Normalmente la gente llega sintiéndose mal o con varias manifestaciones no deseadas, como ansiedad, ataques de pánico, fobias, síntomas depresivos, baja autoestima, problemas relacionales, problemas con la alimentación, etc.

Por aquí podemos empezar con una de nuestras premisas básicas en psicoterapia: dar sentido a lo vivido a través del autoconocimiento y de la biografía, ya que nos construimos y configuramos debido a ella. De aquí, se trabaja a nivel psicológico con diversas «herramientas» que conocemos, adquiridas en diferentes espacios de formación en Psicología como el constructivismo, las teorias sistémicas, la teoria gestalt, la humanista, las teorias cognitivas, recursos narrativos,…

Nuestro objetivo en las terapias es promover el desarrollo personal, basado en la coherencia entre lo que hacemos, pensamos, sentimos, creemos, anticipamos, actuamos y decimos. Nos dirigimos hacia donde cada persona elija, generando construcciones alternativas a las establecidas actualmente, ya que es en estas dónde la persona se ha quedado encallada. Nuestra construcción mental asimila los hechos en función de cómo ésta esté estructurada, por lo que si en mi mundo de significados lo que ocurre es potencialmente peligroso (por ejemplo), entonces aparecen los síntomas y las emociones, que nos indican que debemos cambiar algo (ya sea en el interior o en el exterior) para poder seguir desarrollándonos como persona. Creemos firmemente que el cambio se produce en unx mismx y que a partir de ahí, podremos liderar cambios en nuestra situación actual.

Por otro lado, creemos que la terapia debe servir para potenciar la autonomía de la persona, y por ello también potenciamos y/o generamos recursos propios para hacer frente aquello que nos va surgiendo. De esta manera nos vamos a sentir más preparadxs y con más recursos para echar mano si lo necesitamos.

Otros modos de psicoterapia se basan en una premisa que asume que todas las personas responderemos igual a los mismos hechos, a los mismos tratamientos y presentaremos las mismas sintomatologías bajo el nombre de una misma etiqueta. Entonces, aplican un manual de intervención (algunos incluso protocolizado) y es la persona quien tiene que adaptarse a su forma de trabajar.

Este no es nuestro caso.

 

Los síntomas

En nuestra vida nos van sucediendo experiencias, algunas más invasivas que otras. Ocurre que todas ellas tienen una connotación para nosotrxs, la cuál depende de cómo sea nuestro mundo de significados. Es en él dónde dotamos de etiquetas y definiciones a lo que sucede, le damos un sentido, unas causas y anticipamos unas consecuencias, ya que se conecta con nuestra construcción personal de los hechos, que viene determinada por nuestras experiencias y por cómo las hemos gestionado. Por ejemplo, si yo he vivido experiencias de abuso laboral en el pasado, puede ser que en situaciones laborales presentes, aún sin ser «objetivamente» amenazantes, me nazcan emociones parecidas cuando mi jefx venga a pedirme que haga horas extras.

¿Por qué no podemos asumir en seguida lo que ocurre de una manera indolora? Porque estamos repletos de significados y de vivencias en dónde hemos sufrido y como las personas estamos orientadas hacia predecir y anticipar los hechos, según decía el psicólogo constructivista G. Kelly, delante un hecho automáticamente le damos todas las connotaciones que «sabemos que tiene» según lo aprendido en nuestra vida.

Nosotras, en cambio, trabajamos con la premisa básica de la funcionalidad del síntoma, es decir, ésa manifestación del malestar tiene una función en la persona, en algún momento de su vida tuvo un sentido y un beneficio y sabemos que cada persona tiene su forma de expresión de su propio mundo interno. Las personas tendemos a buscar la coherencia entre nuestro mundo interior y el exterior, y hay situaciones que nos hacen sentir incómodas, incoherentes, y el síntoma es la mejor respuesta que sabemos dar. En vez de patologizarlo, buscamos el «para qué» de este síntoma: nos acercamos a él y entendemos para qué está ahí, qué función hace. Luego, vamos elaborando y creando el proceso terapéutico, ajustándolo a los deseos y necesidades de cada persona, con nuestra «maleta» de recursos terapéuticos.

En muchas ocasiones es importante aprender técnicas y recursos para minimizar la repercusión del síntoma en nuestras vidas, que sea menos invalidante y poder así empezar a trabajar a un nivel más nuclear.

 

Actitud de la terapeuta

Somos muy conscientes de la responsabilidad que tenemos como terapeutas, en acompañar en cada proceso, en conocer a la persona, en respetar su mundo de significados y en no imponer el propio.

Nosotras nos identificamos mucho con la Ética de los cuidados, desarrollada por Carol Gilligan, en la que encontramos valores como la responsabilidad en nuestras acciones y el reconocimiento del otrx como individuo con una historia, identidad y construcción emocional concreta. Esto plantea un tipo de interacción basado en la humanidad y en la individualidad, llevándonos a valores morales como la solidaridad y el cuidado en la relación.

Por otro lado, encontramos en las teorías humanistas una actitud empática, con coherencia, autenticidad, conciencia y responsabilidad, que hemos asumido de forma natural. Nos cuidamos mucho de no imponer nuestra visión a la persona que tenemos delante, ya que consideramos que no debemos dar soluciones, si no que nosotras somos expertas en las preguntas que van a servir para que el cliente encuentre sus propias respuestas.

Relación de experto/a a experto/a

Cada uno respeta el área en dónde el otrx es experto: el cliente en sus interpretaciones, experiencias y construcciones, de su vida; el terapeuta sobre terapia, técnicas y teorías. Nosotras trabajamos desde la idea que los únicos que pueden cambiarse a si mismxs son las propias personas; nuestra aportación al proceso es nuestro bagaje profesional, en dónde trabajamos con técnicas, intervenciones y recursos para trabajar las vivencias y el mundo interior, adaptándonos a cada persona.

Somos conscientes que hay terapeutas que se mueven con el mito de la interacción instructiva, en la cual se cree que el terapeuta tiene una buena sugerencia, ésta es posible traspasarla a la otra persona y que el/la terapeuta puede instruir el cambio en una dirección precisa (la que elija el/la terapeuta dependiendo de su mundo de significados). Si es cierto que no podemos desprendernos de quiénes somos y de cómo entendemos las personas y los procesos terapéuticos, también es cierto que no «dirigimos» las personas hacia el cambio que consideramos «adecuado» para ellas. Consideramos que no somos jueces y no es nuestra labor determinar hacia dónde ir. Lo que sí sabemos es qué ocurre si vamos hacia un lado o hacia otro, si elegimos una u otra opción, es por ello que nos alejamos de la normatividad para incluir diversas normalidades.

Igual tenemos muy presente las palabras de Maturana:

«Somos seres autopeyéticos, determinados, no cambiamos por lo que los demás nos dicen, si no que lo hacemos por nuestro propio proceso evolutivo».

De aquí se deriva que las personas son sujetos activos en el proceso terapéutico, no son agentes pasivos que reciben un tratamiento psicológico. Son parte esencial de él, lo co-construimos entre las personas implicadas, cada una asume su parte y vamos generándolo. Es por ello (a modo de anécdota) que las personas que solicitan nuestros servicios son clientes y no pacientes.

 

Las emociones

Nuestra concepción de las emociones está atravesada por la idea que todas las manifestaciones de nuestra persona son resultado de una construcción interna. De esta manera, para nosotras las emociones tiene un carácter informativo y funcional a la vez: nos aportan información de qué nos parece lo que ocurre y cumplen una función en nosotrxs. La cuestión radica en aprender a gestionarlas, en dejar de verlas como un enemigo, en asumirlas, adueñarme de ellas, escucharlas, atenderlas e integrarlas a mi vida. A medida que vaya generando vivencias en donde ellas formen parte, voy a ir aprendiendo a lidiar con ellas y a tratarlas de una forma que cada vez me resulte menos invalidante.

A modo de resumen y de una forma simple, podemos decir que el miedo suele aparecer delante situaciones que puede suponer una amenaza a nuestra integridad, por lo que se activa todo un mecanismo interno para hacer frente a ese peligro. La rabia, por su lado, nos prepara para atacar, para defendernos y nos advierte de un enemigo que atempta contra nuestra persona o nuestros intereses. La tristeza aparece delante pérdidas significativas, llevándonos a una introspección necesaria para reajustarnos a la nueva circunstancia.

Es por ello que consideramos que todas ellas son necesarias y de vital importancia; sin la rabia no podríamos defendernos; sin el miedo, no sabríamos detectar amenazas. Es verdad que suelen ser desagradables, muchas veces no apetece atenderlas y existe una tendencia social a rechazarlas; muy lejos de ello, nosotras planteamos acercarnos a ellas, ya que ellas son parte de nuestra persona y negarlas implica negar una parte de nosotrxs. En este artículo encontrarás una concepción sobre qué ocurre con las emociones más detallada.

 

¿Por qué nos cuesta tanto cambiar?

La necesidad de continuar siendo quienes somos es muy fuerte, ya que es la estructura que nos mantiene a nivel psicológico. Cambiar a este nivel es hacer un cambio profundo, es adentrarnos en terrenos de significados desconocidos y desorientativos si lo hacemos sin precaución. Recordemos que estamos hablando de cómo vemos el mundo y un cambio radical en ello puede llevarnos a sentirnos tremendamente perdidxs, ya que conlleva un cambio significativo en nuestra percepción de nosotrxs mismxs, los otrxs y el mundo. Por ello, aunque suene extraño, nos resulta más «fácil» desarrollar un síntoma que hacer un proceso terapéutico que implique un cambio como el descrito.

Es por ello que cambiar no es fácil y es un proceso que merece atención, afecto, responsabilidad, perseverancia, confianza y un acompañamiento que se adecue a nosotrxs. Ahora bien, cuando empezamos a desarrollar el camino y empezamos a darnos cuenta de los cambios que han surgido, nos sobreviene una sensación de plenitud y de «ser capaces» que nos anima a seguir hacia adelante.

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